sábado, 4 de julio de 2009

Orgullo que provoca lágrimas

Muchos libros poseen la particularidad de omitir ciertos capítulos oscuros de una vida humana, y de exaltar otros más dignos de encomio.
Los anaqueles que hay por todo el mundo son y serán una antología fiel de este repetido fenómeno.
Pero la Biblia es el único libro que no quiere seguir esta filosofía de indultos y alabanzas inapropiadas cuando describe a las personas. Esto se debe, sencillamente, a que su Autor es Veraz. La honestidad de Dios posee una militancia de buen cuño en el campo de la objetividad; bástenos con observar su opinión de todas sus criaturas.

La Biblia es un libro exento de cualquier parcialidad en la descripción de las personas, quienesquiera que estas sean.

Así, pues, uno debería entender que cuando en ella se retrata la historia de algún personaje, por bueno o malo que este nos parezca a simple vista, la Biblia es la que en realidad se encargará de mostrar fiel, parejamente, y sin abusos, sus virtudes y sus errores.
Pero hay que tener mucho cuidado, debido a que el leer la Biblia superficialmente puede proveer un panorama falso en el sentido de que las intenciones de fondo de dichos personajes pueden permanecer ignoradas y subyacentes.

Este desliz interpretativo (o error hermenéutico), suele ocurrir también con cualquier otro libro de texto al que no se le presta mayor atención en su lectura. Se trate del Quijote de Cervantes, del memorioso Funes de Borges, del Cruz o Fierro de Hernández, o del Pablo histórico de la Biblia, todos deben ser entendidos dentro de los contextos en que sus autores originales nos los presentaron.

De modo que al leer un cierto y determinado pasaje del texto Sagrado debe haber un menesteroso deseo de hacer un análisis completo y honesto, cuidando de dar preferencia a lo que el Espíritu nos pueda enseñar y/o modificar en nuestros preconceptos.
El extenuante trabajo de agotar todos los recursos posibles, (incluso, hasta donde sea viable, en los idiomas originales) no será en vano si usted se predispone a conocer las cosas con pleno ejercicio de las facultades de su mente y de su conciencia.
Usted debería hacer esto porque sencillamente Dios no se encargará de hacerlo por usted.
La Revelación, Iluminación, y preservación de las Escrituras corresponden plenamente a Dios, la exégesis; a sus hijos.

El pasaje propuesto para este análisis será harto sabido.

Es uno de esos textos bíblicos muy predilectos por las masas, uno de esos pasajes que se han convertido en lema proverbial de los que persiguen una vida piadosa, uno de esos párrafos que se recomiendan a viva voz entre los cristianos.

Sendas dedicatorias humedecidas con lágrimas van acompañadas con mucha efusividad de él. Multitudes de cartas (pienso que montañas) podrían cosecharse si se juntaran todas aquellas hojas de correspondencia cristiana que llevan rubricado este pasaje para infundir fe, ánimo, valor, y devoción por Jesucristo en esos momentos tan difíciles de la vida.
Los comentaristas bíblicos han hecho de este pasaje todo un himno de alabanza de la fe cristiana, y lo han declarado como uno de los puntos de mayor éxtasis en la vida Apostólica de Pablo.
Los predicadores creen que este es uno de esos pasajes en los que existe una fuente de poder inagotable que fluye para alimentar la fe de las congregaciones.
Los que se hallan en el campo misionero lo levantan como el estandarte de la fe victoriosa en su lucha contra el sufrimiento y el desánimo.
Padres, madres, e hijos, y un sin fin de personas de toda suerte de características, épocas, culturas, y de las más lejanas latitudes del mundo han avivado candorosamente sus espíritus en momentos de crisis, y de persecución con él.
No hay un creyente que al pasar por ese lugar de la Biblia no se haya detenido sin cierta admiración.
Con todo, el famoso pasaje nunca ha enseñado lo que se supone que enseña…

Helo aquí:

"Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús." Hch.21:13.

No se apresure a elogiar a Pablo por esta hambrienta declaración, no sea que él esté equivocado en su exacerbada apreciación, y usted incurra en un error al hacerse eco del Apóstol.

La generalidad de los cristianos tenemos una mente en pleno proceso de renovación espiritual. A esta clase de mentalidad todavía algo incierta e indefinida en muchos sentidos, le sienta bien el ideal del heroísmo.
En contraste con esto, los cristianos en proceso escapamos a la idea de hacer un protagonismo lánguido, impopular y apocado como cristianos (como lo fue casualmente el mudo protagonismo de Jesucristo en sus momentos más decisivos sobre la tierra…)
Nos gusta el ÉXITO, clara está, el “éxito espiritual”…

Por más que nos pese, la verdad es que la idea de hacer un papel heroico siempre nos es preferible a la de hacer un papel en el que se uno pasa inadvertido, con un perfil bajo.
Tal como este último, repito, era el papel de Cristo en la cúspide de sus mayores sufrimientos y angustias. Desde el punto de vista de los hombres y de la mayoría de los creyentes, en los momentos clave de su vida y ministerio Él fue visto como un rotundo fracaso.

Fue precisamente por la presión social en aquellas adversas circunstancias que hasta sus propios discípulos lo abandonaron por completo, y no regresaron, (y de no haber sido porque él los fue a buscar nuevamente nunca hubieran vuelto.)

Es muy lógico que en consonancia con esta clase de mentalidad frívola y pueril, la mayor parte de los cristianos adoptemos esta clase de textos de pelo en pecho con cierta predilección. Parece ser que todo personaje que luzca una gran valía (preferentemente "espiritual") será bien recibido en nuestras mentes "cristianas" elitistas.

Pero quienes han asumido que en este pasaje (Hch.21:13.) se exhibe la fe en su más puro estado, y en su máxima expresión, han ignorado todo su contexto, y las enseñanzas esenciales del cristianismo: la plena sumisión, en amor.
Fuera de su contexto, (como usualmente se lo enseña), Hch.21:13, es uno de esos pasajes que se parecen mucho a las frases vigorosas de los hombres rudos y valientes. Hombres que a la sazón de su propia fuerza han hecho hazañas impresionantes en virtud de un gran despliegue de fuerza natural.

Tomado en forma aislada, es decir, amputado de su cuerpo contextual, este pasaje parece ser el mejor candidato para llenar las opulentas despensas del orgulloso corazón inmaduro.
De seguro que entre los candidatos que se postulan al mejor versículo lema también estará Fil.4:13, ("todo lo puedo en Cristo que me fortalece") al cual ya hemos tratado de reivindicar en su propio contexto.

Adentrémonos en los detalles pertinentes a esta historia para poder comprender bien que es lo que hay realmente en la afamada declaración de Pablo.

Las instancias que envuelven a Pablo en esta declaración son lo que aquí verdaderamente debería importar, y no necesariamente su frase cargada de adrenalina y heroicidad, porque la efusiva declaración es una mera consecuencia superficial, y no una causa en sí misma como para darle tanta trascendencia como se le acostumbra a dar.

Pablo viene de regreso de su tercera gira mundial.
Mirando los hechos y los mapas, este habría sido un viaje que entre paradas, contratiempos y disgustos habría durado no menos de cinco años, con un recorrido de alrededor de cinco mil kms en total, pasando por unas veinte ciudades importantes del mundo entonces conocido en las que tuvo que aprender a convivir entre muchos idiomas, costumbres, y culturas diferentes.

Pablo regresaba, no sin cierta evidente ansiedad, en dirección a su antigua tierra, Israel. Mostraba deseos de que Dios le pusiera un broche de oro a todo el itinerario que tenía programado.
Aunque el creyente es un peregrino en este mundo esto no contraviene el hecho de que suela frecuentar ciertos lugares en lo que se siente más de entre casa que en otros, y Pablo no escapa fácilmente a esto.

Antes de encaminarse hacia los últimos puertos había tenido una despedida formal con los pastores de Efeso cuyo discurso está registrado palabra por palabra en Hch.20:18-35. Un final melancólico cierra ese capítulo en forma dramática con "gran llanto".

En el capítulo 21 del libro de los "Hechos de los Apóstoles" (y no tan solo los "Hechos del Espíritu Santo", como comúnmente se sugiere con ingenua parcialidad), el escritor inspirado comienza a dar una serie de datos curiosos sobre los sucesos que fueron acaeciendo no tan solo a Pablo, sino también al grupo que le acompañaba.

"Después de separarnos de ellos, (de aquellos de quienes se había despedido sensiblemente en Mileto) zarpamos y fuimos con rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara. Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, nos embarcamos, y zarpamos. Al avistar Chipre, dejándola a mano izquierda, navegamos a Siria, y arribamos a Tiro, porque el barco había de descargar allí. Y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén."
Fue en la antigua ciudad portuaria de Tiro que el barco en el que viajaban terminó su recorrido comercial.
Pablo y sus colaboradores desembarcaron y hallaron a los discípulos con los que posaron una semana entera.

Fue en este lugar que Pablo recibió la primera desaprobación a sus deseos de ir a Jerusalén:

"los discípulos… decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén."

Siempre parece ser poco el énfasis que se pueda poner sobre el hecho de que los discípulos hablaron a Pablo siendo influenciados directamente por el Espíritu Santo, porque desde aquí en adelante queda establecida una dicotomía de opiniones encontradas en las que no puede haber sino un lado correcto.

Desde el punto de vista de creyentes guiados por el Espíritu, Pablo no debía avanzar más hacia Jerusalén, pero los días pasaban y evidentemente Pablo se perfilaba, (por sus actitudes, y acciones) a continuar con su viaje, no atendiendo a la voz de aquellos novatos, pero bien capaces discípulos de Cristo.

Pablo era un hombre de reconocida reputación espiritual y es por esto que no se entiende por qué no prestó oído a la amonestación contra continuar su viaje a Jerusalén, aunque la reconvención procedía de Dios.

¿Cómo el Apóstol Pablo, aquel que estuvo en el tercer cielo viendo cosas inefables, no tuvo discernimiento espiritual?
¿Cómo este creyente que una vez huyera de la ciudad de los damascenos, gracias al auxilio de los discípulos, ahora se negaba a recibir ayuda de ellos?
¿Cómo es que simples discípulos son capaces de advertir un gran peligro para Pablo y este no da crédito a sus palabras?
¿Cuál es la razón por la cual los discípulos no fueron dignos de ser escuchados por el gran Apóstol? ¿Será porque se trataba de simples discípulos interponiéndose en el fin del tercer gran viaje de Pablo? ¿Acaso no tenían el mismo Espíritu que él? ¿Acaso el Espíritu que estaba moviendo a los discípulos no era el mismo que moraba en Pablo? ¿Acaso el Espíritu Santo no podía traer convicción sobre el Apóstol en consonancia con lo que los discípulos "le hablaban por el Espíritu"…?

La palabra que se usa para designar a estos creyentes es "discípulos" (gr. mathetes). Discípulo viene a ser literalmente un "aprendiz", y por esto viene a ser uno que sigue la enseñanza de otro que, por contraste, viene a ser su maestro (gr. didaskalos).

W.E.Vine dice que "un discípulo no es meramente uno que aprende sino un partidario; de ahí que se les mencione como imitadores de su maestro"

Entiéndase que es perfectamente correcto decir que estos podían ser considerados discípulos en contraste con el maestro Pablo.
Para ser más claro, entre Pablo y los discípulos debería haber habido una relación respectivamente equilibrada entre un hombre aplomado, y algunos discípulos presumiblemente irreflexivos, un contrapeso entre la experiencia y la inhabilidad, un balance entre una gran aptitud y una adolescente incapacidad, una compensación entre una madurez asentada y un espíritu ingenuo y jovial, una proporcionada tasa entre una veterana humildad y una novata insensatez, pero ¡quien diría! todo era al revés…

La frase traducida "ellos decían por el Espíritu" (elegon dia tou Pneumatos) no podría diferir más de una frase hipotética inexistente: "ellos dijeron por el Espíritu".

Es difícil creer, por lo que se puede interpretar, que este fuera un comentario aislado, tímido y cándido que solo se hizo de pasada en una oportunidad.
Este asunto vino a ser un problema urticante que quedó flotando en la atmósfera de ellos durante toda esa semana.

En ese ambiente Pablo pasó con esos discípulos siete días, no un par de horas. Convivió con ellos toda una larga semana en Tiro. Creer que este tema no volvió a salir a la luz durante sus conversaciones, ya sea de palabra, de gesto o de hecho, es una completa ingenuidad.

Esos días en Tiro tocaron su fin, y ocurrió que:
"Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la playa, oramos. Y abrazándonos los unos a los otros, subimos al barco y ellos se volvieron a sus casas."

A la luz de estos versículos, difícilmente se puede juzgar con la conciencia tranquila que los discípulos se volvieron gozosos y felices a sus casas con sus familias.
Siguiendo cierta lógica se hace muy evidente que volvieron sin paz y desanimados en cuanto a la determinación de Pablo. De otra manera Dios sería un mentiroso.

Esta actitud tan controvertida en la que un simple discípulo es guiando por Dios, y un viejo Apóstol no quiere serlo, da lugar al Adversario para que se siembre una gran confusión en la mente y en el corazón de los hermanos.
Algún discípulo podría haber dicho con toda honestidad:

-"Yo no entiendo cómo Dios nos muestra a nosotros una cosa, y a Pablo le demuestra otra. Será que Dios utiliza ciertas leyes especiales en el trato con él, y otras leyes más básicas en el trato con nosotros, la verdad que no entiendo…"

En el carácter de un cristiano espiritualmente regular, las actitudes y acciones de Pablo suponían un extraño comportamiento.

Cuando nos desencaminamos, hasta los discípulos más sencillos pueden advertir nuestros dudosos procederes. Mientras tanto, Pablo ya se había embarcado en hacer lo suyo.

Prosigue Lucas:
Y nosotros completamos la navegación, saliendo de Tiro y arribando a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día.

Pablo aún no reconsidera en su mente volverse sobre sus pasos, esto se nota por el hecho de que sigue fijamente el plan que tiene trazado de acuerdo con su propio parecer. No obstante, es predecible que Dios no lo abandonará a la futilidad de sus pensamientos:
Al otro día, saliendo Pablo y los que con él estábamos, fuimos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, posamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban.

Se asume, por las mismas enseñanzas y leyes espirituales que se leen en las epístolas de Pablo, que él ya no paladeaba el gozo y la paz de Dios. Por regla general, sensible como lo era a la voz del Espíritu Santo, una creciente inseguridad marchaba en proporción al progreso de su viaje.

Frente al experimentado Felipe, (aquel que fuera Divinamente tele transportado con fines evangelísticos) al igual que ante sus cuatro hijas, señoritas profetizas, la situación parece haber quedado extrañamente soslayada por el Apóstol.

Una persona con el don de profecía es una persona que posee la habilidad de edificar, y exhortar a otros utilizando como única herramienta la Palabra de Dios. En el contexto tiempo - espacio en el que se encontraban nuestros protagonistas, una sola persona como las hijas de Felipe hubiera sido plenamente capaz y suficiente para exponerle claramente a Pablo la voluntad perfecta de Dios para con él, en contraste con lo que él estaba haciendo. Sin embargo, no se nos dice que esto haya ocurrido, y es presumible que esto no sucediera debido a que si Pablo no había reparado en la palabra de discípulos del género masculino, menos lo haría con los del género femenino, aunque fueran profetizas, hijas de Felipe, el diácono evangelista. El hombre que no anda en el Espíritu tiende a menospreciar la opinión de las mujeres.

Lo que Pablo necesitaba, en el mejor de los casos, era escuchar las mismas cosas de alguien con cierta autoridad, y si fuera posible, de confianza. Digamos, de un profeta amigo.

Esto fue lo que ocurrió:
Y permaneciendo nosotros allí algunos días, (en la casa de Felipe) descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.

Hay cosas sobre las cuales es necesario llamar la atención del lector:

1-descendió de Judea un profeta: el profeta se movió desde no poca distancia para hacer un llamado de atención Divino. Agabo estaba siguiendo el modelo clásico, al mejor estilo del A.T.
2-quien viniendo a vernos: no es que Agabo estaba de paso por allí, vino con el expreso propósito y comisión Divina de verlos a ellos, más precisamente a Pablo.
3-tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: El ministerio del profeta generalmente era de carácter preventivo, porque se anticipaba a los hechos antes de que estos fueran consumados por los hombres, y tuvieran que pagar las consecuencias de la desobediencia a la voluntad Divina. El A.T. abunda en ejemplos de esta cíclica historia, y la Biblia misma es toda una advertencia a priori del funesto fin de los desobedientes.
El profeta estaba perfectamente actualizado con el curso de la revelación Divina. Habló en nombre del "Espíritu Santo", y no de Jehová de los ejércitos.

En el A.T. se dice claramente:
"Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él." Dt.18:22.

Pablo conocía esta norma básica de prudencia. Pablo también sabía que aunque este principio era veterotestamentario, se hallaba en pleno vigor, debido a que la naturaleza transitoria del momento histórico que se estaba desarrollando, permitía que los profetas trajeran la viva revelación Divina a voz en cuello.

Pero hay otras verdades no menos dignas de ser recordadas:
1-Pablo conocía a Agabo desde mucho tiempo atrás.
2-Pablo había colaborado con Agabo en relación a su ministerio profético.
3-Pablo había visto el cumplimiento de otras profecías de Agabo con sus propios ojos. (Vea Hch.11:28-30.)

Estos hechos eran ineludibles, y para Pablo, negarlos hubiera sido negar al cristianismo y a sí mismo.

Imagine la expresión de Pablo en esos momentos, pero mejor imagínese esto:

"Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén."

En toda la basta extensión del libro de los Hechos, nunca, repito, nunca, Lucas se hizo tan carne de su relato.
Lucas le suplicó a su amigo Pablo que ya no continuara en su viaje, y como él muchos más se unieron en la protesta.

Es extraño, y por más que uno piensa es difícil imaginarse a Pablo en presunción de arrogancia, pero en fin, toda esta suerte de cosas es plenamente posible si recordamos que estamos tratando con seres humanos.

Hay quienes, en estas circunstancias, hubieran gustado consultar una encuesta, (a mí, por ejemplo) porque un llamado de atención a la razón suele atisbar el sentido común en situaciones en las que la incoherencia religiosa y el fanatismo parecen descollantes.
Como dicha encuesta es factible la haremos:
Encuesta hecha a los amigos de Pablo.
Tema: ¿Qué haría usted en la situación de Pablo?

Características del universo examinado:
a- Tres grupos de personas (alrededor de 15 individuos. Hch.21:4, 8, 12.)
b- Amigos de Pablo.
c- Creyentes.
d- En su mayoría moralmente maduros, con un elevado grado de discernimiento espiritual.
e- Demuestran un conocimiento relativamente amplio de las circunstancias que se estaban viviendo.
Pregunta:
¿Qué haría usted en la situación de Pablo?


Opciones posibles:
1-Desistiría de continuar el viaje a Jerusalén__________100%
2-No desistiría de continuar el viaje a Jerusalén________ 0%
3-No sabe, No contesta. ____________________________ 0%

Resultados de la encuesta: El 100% de las personas encuestadas desistirían de seguir el viaje a Jerusalén, ninguna no sabe, ninguna omite una contestación.

Nota: En la encuesta no se incluyen las personas de la Divina trinidad, ni la del profeta Agabo las cuales personas eran de idéntico parecer respecto a esto. Esta omisión no modificaría el resultado anterior, al contrario, lo confirmaría aún más.

Habiendo todos dado su opinión, ahora nos resta oír lo que contestó Pablo:

"Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, más aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús."

Pablo va en contra de todos los indicadores:
Ni el sentido común, ni las encuestas, ni las exhortaciones, ni la voluntad Divina, ni su propio testimonio, ni la acción en perjuicio de la obra de Dios, ni ninguna otra cosa es un argumento suficientemente fuerte como para lograr un contrapeso en la determinación de Pablo.
Pablo no posee ninguna razón de buen criterio de su lado en esta decisión.

En realidad la declaración es menos valerosa y más soberbia, y deja entrever que Pablo no entiende o no quiere entender ciertas cosas:

1-Que de momento no se le solicitaba tal arrojo ni sacrificio de su parte por la obra del Señor.
2-Que no estaba entrando en juego el amor ni la fe que el profesaba en Jesucristo al pedírsele que se volviera atrás en sus pasos.
3-Que la voluntad perfecta de Dios apuntaba negativamente al hecho de que él subiera a Jerusalén en esta oportunidad.

La declaración de Pablo posee un contenido altamente estimulante y hormonal, pero no espiritual, ya que en verdad Pablo muestra otras cosas:

Un Reproche desubicado, ya que sus amigos no querían acceder a sus pretensiones personales. Por regla general Pablo siempre evitaba regañar a los cristianos sinvergüenzas que le habían provocado muchas lágrimas, no obstante, a su más fiel y espiritual grupo de amigos les recrimina lo irreprochable.
Autoritarismo, ya que con un manto de piedad Pablo pretende ocultar su despótico capricho de líder, obligando a todos a seguirle hasta la misma muerte.
Egoísmo, debido a que no muestra sensibilidad alguna para con los sentimientos ni intereses de los demás hermanos.
Rebelión, porque no acata ni respeta al profeta de Dios, ni al Dios del profeta.
¿Para qué seguir con la lista, si sería seguir describiendo nuestro propio carácter bien conocido?
Pablo alega en su declaración, con un tono que no es privativo de las "estrellas", que él está dispuesto "no solo a ser atado, más aún a morir por el Señor…"
No se trata de determinar a cuánto Pablo estaba dispuesto, se trata simplemente de que Dios NO quería que Pablo fuera a Jerusalén, y punto. Dios tenía razones reveladas a Pablo posteriormente a su desobediencia:

"Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí." Hch.22:17-18.

Pablo no necesitaba saber el porqué del NO Divino. Pablo, al igual que usted y yo, solo necesitaba saber que es lo que Dios espera de nosotros y simplemente obedecerlo.

Pero si alguien quiere discutir esta actitud de mártir como un punto a favor de Pablo, se verá que esta es falsa y desubicada. ¿O usted cree que si los cristianos que estaban con Pablo hubieran tenido que dar la vida por Cristo hubieran retrocedido?

En este sentido Lucas (y otros) le podrían haber dicho a Pablo:

-¿Te pensás que vos solo estarías dispuesto a ser atado y a morir por Cristo si fuera necesario? ¿Te pensás que nosotros no? De hecho ¿Vos te creés que nosotros no estamos arriesgando la vida mientras andamos con vos de acá para allá?

Pablo tendría que haber reconocido:
-Tenés razón, discúlpenme…

Lo cierto es que la frase matadora de Pablo, el versículo lema de los muchos, la prístina y arquetípica declaración de fe… se vino a bajo, porque tal presunción no es bíblicamente sustentable.

Probablemente esta sea una de las peores declaraciones de Pablo que hayan quedado registradas en la Biblia.
Seguramente, de todas las que están registradas en la Biblia, esta sea la declaración más desubicada que Pablo haya hecho.
Difícilmente se encuentre en el N.T. otra declaración tan contradictoria a la enseñanza de un mismo Apóstol.
De cierto, es difícil conciliar esta declaración con otras hechas por el mismo Pablo:

"No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. Sed imitadores de mi como yo lo soy de Cristo." 1ªCo.10:32-11:1.

"Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros. " Fil.4:9.
En todo lo que Pablo hizo se debe discernir que es lo que está bien, y que es lo que está mal. La Biblia lo demuestra si se toman los recaudos necesarios en su estudio.
En esto la Biblia se demuestra única, en la manera tan imparcial en la que describe a sus protagonistas.

Ahora bien, ¿qué refleja de bueno el pasaje? ¿Qué gran honorabilidad hay detrás de aquel que presume con estas palabras? (me refiero a Hch.21.13.) Contesto que nada.
El pasaje tan afamado suena bien, pero es hueco.

Lo verdaderamente bueno está por verse:

Si hay algo digno de resaltar en estos pasajes, no es ni será jamás el afamado versículo 13, sino, por el contrario, el posterior versículo 14:

"Como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor."
Los creyentes no dejaron las cosas en las manos de Dios hasta haber estado seguros de que todo lo humanamente posible había sido hecho. A su debido tiempo es lícito decir "que sea lo que Dios quiera."

La palabra persuadir (gr. peitho) habla de la acción de prevalecer "induciendo un cambio de manera de pensar mediante la influencia de la razón o de consideraciones morales" (W.E.Vine)

Los hermanos utilizaron legítimamente los poderes de los argumentos para tratar de hacer reflexionar a Pablo.
En esa discusión quedan implicadas las obvias razones lógicas de no continuar con el viaje (el peligro latente de que Pablo sería capturado y entregado a los gentiles) como así también las consideraciones morales que alimentaban dichas razones (Pablo tenía la responsabilidad de responder sumisamente a los designios de su Amo).

Mientras que los hermanos actuaron limpiamente, Pablo, en cambio, apeló ilegítimamente a la autoridad que le había sido dada, (según él "para edificación, y no para destrucción") e hizo caso omiso de todos.

Mientras que Lucas infiere que Pablo no se dejó persuadir, él y los demás hermanos actuaron de otro modo: siguieron a Pablo en una completa sumisión, en amor.

Lo que aquí se señala como virtuoso no es la apatía y el no conformismo de Pablo, sino la profunda sensibilidad de los hermanos que estaban junto a él.
Pablo fue un hombre privilegiado, en los amigos que tuvo.

¿Quién está preparado para actuar como lo hizo Lucas en casos como el de Pablo?

Este grupo de hermanos se retrajo voluntariamente bajo la autoridad de Pablo, sin una obligación moral que les ligara más hacia él. Lo siguieron, no porque Pablo hubiera logrado convencerles de tener un plan mejor que el de Dios, sino porque ellos preferían estar junto a él para sostenerlo en su caída.

¡Esta actitud, y no otra, es lo aquí loable!
Este amor, y ninguna intemperancia, es lo que merece ser destacado. "Desistimos" dice Lucas, significando que finalmente guardaron silencio (gr. jesucazo).
Cuando uno ama, desiste de luchar…y aguarda en un silencioso torrente de amor.

En los versículos posteriores, se dice que muchos acompañaron a Pablo a Jerusalén.
Pero no debería sorprendernos que el Apóstol, utilizando criterios muy equivocados y cuestionables en la famosa y gran ciudad (donde acababa de ostentar ante los boquiabiertos apóstoles "todo lo que Dios había hecho entre los gentiles por medio de su ministerio") se enredara tontamente en problemas buscados, y que apenas escapándose de la muerte quedara preso, "en manos de los gentiles."
Aunque Pablo fuera utilizado grandemente por Dios en las posteriores prisiones, esto solo pone de manifiesto ese gran amor que el Señor tiene por los suyos.
El hecho de que Dios posea un poder tal que le permita sacar provecho aún de nuestras desobediencias no nos justifica para pecar.

Él mismo pone una nota clara sobre todo esto que debería permanecer en nuestra más alta estima:

-"Si me amáis, guardad mis mandamientos."Jn.14:15.
-"El que me ama, mi Palabra guardará…"Jn.14:23.
-"¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros."1ªSam.15:22.

Independientemente de la interpretación que se le de, la Biblia es un libro que permanece siempre fiel a lo que su Autor quiere decir.
En ella se pueden interpretar, descuidadamente, muchas cosas que no serán conducentes a la Verdad.
Es tremendamente importante que aquellas cosas que se han ganado su propio prestigio a través de una mera tradición sean puestas en evidencia.

Uno debe conocer bien la Verdad que ama, o no ser libre.

El hombre de Tisbé (I)

En el mayor porcentaje de los lectores de la Biblia existe la tendencia de vitorear apresuradamente a cualquier personaje que parece dejar un testimonio elocuente para Dios. A esto se debe el hecho de que personas como Elías hayan llegado a ser una de esas figuras populares de los cristianos.
Santiago, en una descripción fugaz del carácter de este personaje, nos dice que "Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras…" con todo, él reconoce que la oración eficaz de cualquier justo puede mucho. De manera que aunque el denominador común entre los cristianos de todos los tiempos es que somos sujetos a pasiones semejantes, lo que hace que podamos tener las expectativas más optimistas es aquella Justicia que nos ha sido imputada por Dios más que el dudoso mérito de la obediencia.

Al sondear manuales, diccionarios, y libros de exégesis bíblica en busca de datos precavidos sobre Elías, se nota que la mayor parte de ellos hacen una mera trascripción de versículos bíblicos armando una precaria síntesis. Estas cosas, más que arrojar alguna ventajosa luz para una investigación interesante, cierran el paso al estudiante del texto Sagrado, pero si uno busca un resumen apresurado de un personaje de la Biblia, de un profeta digamos, podrá hallarlo en los libros sin mayores complicaciones.
Ahora bien, si uno busca saber la verdadera identidad y personalidad de un personaje bíblico deberá remover el intenso polvo acumulado por la, a veces, agobiante exégesis tradicional.
El desventurado nivel de análisis que se hace frecuentemente de este personaje (Elías) en los libros de mayor circulación es apenas subcutáneo, casi nunca intramuscular.

Quizás el lector sea susceptible a las sugerencias de una introducción contemporánea que nos orientará a comprender algo más de Elías.

En medio de la agitación social de los países que sufren la devastación de las luchas internas y de las guerras civiles, suelen aparecer personas (a veces elegidas por el pueblo, a veces elegidas por el gobierno ante el apremio de las circunstancias) cuya función principal es la de desarrollar sus actividades en cargos públicos difíciles.
Generalmente se asume de antemano que a las personas que llegan a ocupar dichas posiciones se las hace cargo de saldar satisfactoriamente todo déficit moral y/o financiero existente. Especialmente si son administradores de la Justicia.
Es sobre los hombros de estas personas que suele balancearse la sed de justicia de miles y miles de defraudados.
Pero por idóneas que sean dichas personas, naturalmente se sabe que nunca estarán exentas de los errores inherentes de los seres humanos, pues el limpio cristal de toda función pública permite que, tarde o temprano, se vean las torpezas involuntarias, o los delitos cometidos por dichos funcionarios.

Por regla general, una buena proporción del electorado será implacable a la hora de juzgar delitos en las funciones públicas (Argentina puede ser una excepción a esta regla), pero si se trata de deslices involuntarios e insignificantes, el líder en cuestión puede contar conque el pueblo será capaz de tolerar de buena gana dichas cosas banales, aduciendo un más amplio sentido común en referencia al error que existe siempre en el factor humano.
Ahora bien, al mirar retrospectivamente en la historia podemos decir que al término de una buena gestión en cargos públicos, (es decir, de una gestión honesta y normal) el pueblo se encargará de que aquel funcionario que cumplió con lo que cualquier hijo del vecino podría haber cumplido, sea inmortalizado, endiosado, y glorificado. No obstante los buenos caudillos han sido personas ampliamente normales, muchas veces sin otra virtud que la de la humildad, es decir, la virtud de no permitirse tener un concepto desmesurado de si mismos.
Dichos caudillos, en honor a la verdad, difícilmente admitirían haber sido individuos singulares más allá del promedio.

Cuando el grado de gobernabilidad de un pueblo es nulo y alguien acepta el desafío de la conducción de dicho pueblo en una función pública, esa persona debe saber de antemano que las expectativas que la población tiene de quien es su nuevo conductor son multiplicadas veces mayores que la capacidad real que hay en él.
En cuanto a buenas cosas, la gente suele presuponer muchísimo más de sus líderes de lo que realmente debería presuponer.

Elías fue un hombre tomado de un cierto montón de personas apenas virtuosas, por no decir normales. Fue llamado por el Gobierno Supremo para desarrollar una función pública que implicaba una reforma moral, como así también política (debía denunciar el pecado y el sincretismo de Israel, y ungir para dos naciones a dos nuevos reyes elegidos a dedo por Dios: Hazael, para Siria, iría en lugar de Ben-adad, y Jehú, para Israel, suplantaría a Acab.)

Elías nació y vivió en un tiempo cuando la nación de Israel estaba políticamente dividida. Creció en el clima de un cisma partidista en el que el oficialismo y la oposición se debatían viejos rencores del pasado. Como cualquier ser social advirtió que mientras los hermanos se peleaban, los de afuera los devoraban. Su desarrollo fue dentro de los límites de una nación decadente en todos los sentidos.
Elías fue uno entre los muchos israelitas que pretendían hacer nada más y nada menos que lo que Dios pedía. No había ninguna virtud sobrenatural en los que pensaban como él, sino más bien, en Aquel que los tomaba del montón y los ungía soberana y sobrenaturalmente.
Elías vivía en el norte de un reino que alguna vez no había conocido ciertas diferencias entre Norte y Sur. Como Jesús, Elías fue alguien que en su carne no podía verse menos distinto que cualquier otro israelita.
Elías recibió y aceptó de Dios el honor de desarrollar un cargo público en Israel cuando el horno no estaba para bollos. Y naturalmente la gente (y hasta los mismos lectores contemporáneos de la Biblia) lo tomaron con expectativas que superaban en mucho al Elías verdadero.

El infame Acab marcaba la impronta de turno en las crónicas de los reyes de Israel, sin embargo su padre, Omri, es el que podría llamarnos un poco más la atención, porque cualquier dinastía demanda cierta atención sobre su cabeza original.
La denominada dinastía omrica ha corrido la venturosa suerte de permanecer bien acreditada por ciencias como la arqueología. La evidencia empírica que ha quedado de esta estirpe nos favorece en el estudio, y nos habla de notables personalidades que, comenzando por Omri, hicieron grandes osadías, y grandes obras que reflejan pocos escrúpulos morales.
Omri fue un déspota militar más que un político y fue el precursor en el establecimiento de una nueva capital en Samaria. De hecho fue él quien compró de un tal Semer el monte de Samaria, por dos talentos de plata, y allí edificó una nueva capital de marcada política disidente. De Semer, el antiguo dueño, devino el nombre Samaria.

Omri representa sino el punto más elevado, al menos el punto inicial de una dinastía que sojuzgó a Israel en una forma insólitamente cruel, pues el joven Acab y sus predecesores rindieron honor a la política de su papá. Hay que reconocer que en el sentido inmoral, los descendientes de Omri fueron horneados en el mismo molde, y cortados con la misma tijera.
Cuando Acab tuvo un tenso encuentro con Elías, oyó de él palabras que reprochaban a su predecesor: ¿Eres tú el que turbas a Israel? Y él respondió: Yo no he turbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, (Omri) dejando los mandamientos de Jehová, y siguiendo a los baales. (1ªRe.18:17-18.)
Israel se vio perjudicado por la conducción de esta pérfida dinastía.

La carrera y los hechos de Acab demuestran que fue un hombre astuto. Desde el principio de su reinado consideró prudente establecer una alianza con los sidonios, que en aquel momento histórico eran un pueblo de economía fértil debido a su política naval de comercio exterior. Consecuentemente se casó con la hija del Rey de Sidón; Jezabel, (yesi, para los amigos.)

En Samaria, Acab construyó con exclusividad un templo al dios Baal, la Biblia nos señala que por influencia de su media naranja, y acaso para complacerla respecto de los cultos de su tierra natal.
En su tiempo, Acab, adorador de Baal, fue la iniquidad personificada, y si bien se dice en la Escritura que Omri había sido el peor de todos los reyes, también se dice que su hijo superó a su padre en la profesión de la maldad. "Acab hizo más que todos los reyes de Israel para provocar la ira de Jehová Dios de Israel" (1ªRe.17:33.)
Es difícil leer tan exuberante crónica de injusticia sin que la conciencia comience a gestar una movilización interna en reclamo de la intervención Divina.

Es en semejante contexto que resulta ser comprensible, (pero equivocado), el hecho de que se espere que Elías sea el paladín de la Justicia, la personificación de todo el bien necesario para equiparar toda la maldad de Acab.
Parece ser que en una historia en la que el mal se viene demostrando triunfante, la mente del lector va tramando la figura del necesario defensor de la equidad, la sombra de un lobo solitario, el mito de un kung fu para aleccionar a los que desafían al Cielo.

Elías fracasa, como cualquier hijo de hombre, en llenar expectativas tan elevadas, pero no por una gran ineptitud, sino porque simplemente Elías es un ser humano normal que no llega a ser quien nosotros quisiéramos que fuese, a saber; el total justiciero de Dios. Sin embargo, al verlo salir al escenario de la función pública uno no puede menos que hacerle cargo de reivindicar el nombre de Dios y ser, por lo menos, inmaculado. En esto se notará que en nuestra exégesis se hace más evidente la influencia de la escuela cinematográfica de Hollywood, que la escuela de la hermenéutica bíblica.

Cuando Elías se presenta ante el perverso Acab y le dicta frases atemorizantes y contundentes, el lector llena inmediatamente a Elías de un contenido ideal, pero ficticio. Es que el lector no ha reparado en que las frases matadoras dichas por Elías no provienen de él, sino de Dios, porque él solo es un simple vocero de la Voz que puede mandar a los reyes y a los hombres.
La figura de Elías se hace especialmente atractiva si uno se pone romántico e interpreta mal cierta fraseología empleada por él: "Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra."

Para un público ansioso de hallar personalidades rudas y carismáticas, estas palabras son como música para sus oídos.
Enfatizo la parte con la cual más nos gusta identificarnos, pero se aclara que la palabra de Elías gozaba de una autoridad delegada por Dios, y no de una autoridad propia, y Elías lo sabía muy bien. Somos nosotros los que bien podemos olvidarnos de ese importante detalle y caer redondos en los brazos de un profeta que no pretende seducir a nadie.

Es comprensible (pero equivocado) que muchos creyentes vean en Elías el Superman de la sotana, el profeta Cósmico, es decir, un personaje virtuosísimo, galantón, y superdotado.
Lo cierto es que difícilmente la Biblia nos pinta un Elías semejante. La Biblia realmente nos pintará:
-Un Elías que por ser humano, no será totalmente capaz de ponerse a tono con las circunstancias inicuas que le rodean,
-Un Elías que por ser humano, se verá asaltado por la depresión,
-Un Elías que por ser humano le brotará un burdo nacionalismo,
-Un Elías que por ser humano se mostrará iracundo, y nada manso ni humilde de corazón.
-Un Elías que, por ser humano, en ciertos momentos la dará de guapo,
-Un Elías que por ser humano se equivocará mucho en sus apreciaciones espirituales y necesitará ser corregido por Dios.
-etcétera

Cuando los líderes cristianos reciben la honra de desempeñar cargos públicos en las iglesias, deben tener en cuenta que las expectativas que se tienen de ellos serán mucho más elevadas de lo que deberían ser (aceptémoslo la gente es así, y esas son las reglas del juego).

Será bueno, pues, que no permitamos que la gente se enamore de lideres que, aunque muy idóneos y capacitados por Dios, son humanos, y por ende falibles.

A la gente que se le enseña a mirar a Dios es a la que no se le puede quitar la vista de las más altas expectativas.
Las expectativas de este tipo de cristianos nunca serán amenazadas.
Debemos edificar noblemente la obra de Dios.

El hombre de Tisbé (II)

En esta conocida historia es importante entender de entrada que NO se nos plantea la pelea, (como generalmente se cree): Acab versus Elías, sino la pelea: Acab versus Dios.
Estos planteos tan diferentes suelen confundirse con peligrosa facilidad.
Con demasiada frecuencia los hombres malos ven en los hombres justos a sus principales enemigos. Sin embargo, los justos deben saber discernir su rol en situaciones tan críticas para no ser arrastrados por sus propios celos. Los que disciernen correctamente en semejantes circunstancias no dan un paso en falso hacia la tentación de tomarse personalmente las cosas que le corresponden oficialmente a Dios.
Gracias a Dios muchos cristianos se dan cuenta de que ellos no son una causa moral en sí mismos, sino una agencia moral de Dios, o mejor dicho, causahabientes de una causa moral más grande.

El mismísimo Acab consideró equivocadamente a Elías como su principal enemigo, pero Elías insistió en que el rey estaba trabado en una lucha contra Dios, y no contra el hombre de Tisbé.

"Y Acab dijo a Elías: ¿Me has hallado, enemigo mío? El respondió: Te he encontrado, porque te has vendido a hacer lo malo delante de Jehová."
No olvidemos que fue Dios quien dijo a Elías: "Vé, muéstrate a Acab". (1ªRe.18:1.)

Si bien en esta oportunidad Elías reaccionó sabiamente ante un rey que quería personificarlo como su enemigo cardinal, también es cierto que Elías no tomó la misma actitud frente a otras circunstancias del mismo tenor.

Elías no tenia ninguna obligación de asumir un papel salvador, ni vengador en su ministerio, pero a veces accedió al hecho de que el pueblo lo considerara como una especie de extensión de la mano salvadora de Dios, y que, por otro lado, los inicuos lo consideraran una amenazadora prolongación de la mano vengadora de Dios.

En verdad, él no había sido llamado a ser ni una cosa ni la otra, pero en algún momento, de alguna manera, los sentimientos de Elías fueron extraviados de la sincera fidelidad a Cristo, y tal como la serpiente con su astucia había engañado a Eva, el también fue engañado y llevado a un terreno peligroso; el de una supuesta auto suficiencia.
Es oportuno recordar que Dios reprendió y humilló a Elías en forma contundente debido a que sus presunciones habían crecido hasta el punto de creerse el postrer profeta de Dios en la tierra, y que Dios no estaba haciendo nada para impedir que lo mataran.
Era previsible que Elías, al no querer protagonizar un "papel de reparto" en la película en la que solo Dios tiene un protagonismo estelar, tarde o temprano llegara a experimentar una gran decepción consigo mismo viendo que la camiseta Divina le quedaba demasiado grande. (Satanás tampoco entiende totalmente que si llegara a cumplir con su cometido le ocurriría algo semejante.) Muchos ángeles y muchos hombres no entienden que Dios debe ser el protagonista principal de la escena de la vida, y nosotros mero contingente.

Como a Elías, a usted y a mí a veces nos cuesta conformarnos con la pequeña gran parte que nos corresponde en la obra de Dios, porque buscamos promovernos piadosamente dentro de la piedad, aun cuando esto nos signifique un costo elevado. Para el humano redimido cualquier posición exaltada no deja de ser una gran tentación.
En el caso de Elías se debe tener en cuenta que había estado en el centro de grandes escenas:

-había sido objeto de un milagroso sustento durante tres años y medio,
-había resucitado un muerto,
-había logrado sobrevivir durante un importante período de tiempo entre los mismísimos Sidonios (hay que imaginar lo que hubiera hecho la sidonia Jezabel, cuyo padre era el rey de Sidón, si se enteraba que Elías estaba en un escondrijo en su propia tierra natal)
-había enfrentado al inescrupuloso y enfurecido rey Acab, cara a cara, sin temerle, escupiéndole en la cara su propio pecado, acusando de idolatría a él y a su familia.
-había triunfado en el monte Carmelo contra cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y cuatrocientos profetas de Asera,
-había degollado a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal (hay que imaginar el temple que requiere el pasar un mismo cuchillo por los cuellos de cuatrocientos cincuenta hombres, hay que imaginarse el morboso y dramático espectáculo en detalle)
-había atraído, si se quiere, una lluvia decisiva,
-había descendido a la carrera del monte Carmelo, delante del carro de Acab hasta Jezreel, (aproximadamente unos 25 km. de distancia)

Todo iba bien para él, no obstante, cuando Dios pone a prueba al profeta bajo el rigor de la misma muerte, este demuestra que la vida le era un valor demasiado estimable como para ofrendársela a Él sobre el altar de los gentiles, y consecuentemente corre por su vida…(aunque después comprobó que era preferible la muerte): "se levantó y se fue para salvar su vida… y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres."

Dios ha querido mostrarnos al profeta entre bambalinas, en el escenario y fuera del escenario, triunfante en lo alto, y derrotado en el profundo valle, descollante de poder, y derribado hasta la muerte.
El asumir roles y responsabilidades que no le competían llevó a Elías a verse temporalmente excepcional, pero cuando llegó el momento de demostrar su más alto honor fracasó, cayendo en la cuenta de cual era su verdadero estado espiritual. Esta realidad es la que llevó a Elías a una gran crisis depresiva.

Hoy en día, el perfil de la mayoría de los líderes cristianos es el de personas sinceras y muy bien intencionadas que están dispuestas a hacer cualquier cosa para Dios…
Por ser tan benevolentes estos líderes acceden a demandas demasiado arduas para ellos a las que solo Dios es capaz de responder. El ponerse la camiseta Divina para salir a repartir bendiciones y maldiciones no es un trabajo que por ahora Dios haya delegado a sus hijos.

Como consecuencia de este juicio erróneo, en el universo cristiano el mayor índice de depresiones (el síndrome de Elías, digamos) se encuentra mayoritariamente entre el liderazgo. Es que la camiseta de Dios es demasiado grande para nosotros, sus pequeñuelos.
Al echar una mirada al depresivo mundo de los líderes cristianos uno puede corroborar esta verdad: "Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras…"

Por tentadoras que sean las ofertas y las demandas espirituales a nuestro alrededor, no nos tomemos a título personal las funciones oficiales que solo le corresponden a nuestro Dios.

Seamos siervos inteligentes.

"Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno." Ro.12:3.

El hombre de Tisbé (III)

El hombre de Tisbé era el profeta de Jehová que había pronunciado un juicio Divino, denunciando el idolátrico culto a Baal.

Baal era un antiguo dios cananeo, el dios de la tormenta, de la lluvia, y del relámpago. Sus adoradores creían que el poder de él se hacía manifiesto en el despliegue de las grandes tempestades, en el fulgurar de los relámpagos, y en el estruendo de los truenos. Este espectáculo rutinario ofrecía una evidencia típica y muy descriptiva del poder del dios Baal para aquellos que creían en él.

Dios desafió públicamente a Baal diciendo por medio de Elías: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.

Esta declaración se traducía como un gran desafío contra Baal, en el cual se habían visto comprometidos todos sus adoradores, (entre los cuales se hallaba el rey Acab que había erigido el templo al señor chaparrón).
Dios no solo se había propuesto demostrar quién era capaz de hacer llover, sino también quién era capaz de retener la lluvia a su antojo de tal modo que ni los supuestos dioses pudieran devolverla a la tierra.

Después de tres años y medio de juicio Divino (cuando "el hambre ya era grave en Samaria") la lluvia fue devuelta, la sequía quedó en el pasado, y el nombre de Dios fue apenas vindicado por un pueblo que al ver como descendía la señal Divina de fuego del cielo, clamaba atemorizado: "Elijah, Elijah", esto es: "Jehová es Dios, Jehová es Dios".
¿Qué habrá sentido Elías (Elijah) en semejante momento, al oír que el pueblo gritaba enfervorizado su propio nombre, el cual era portador de la fórmula "Jehová es Dios"? ¿Cómo le habría afectado esto a un profeta propenso a la arrogancia?

Cuando los campos aún permanecían húmedos Elías ya se encontraba a unos 600 km al sur de Samaria, (por no decir de Jezabel). El profeta se había autocombocado a una entrevista con Dios en el monte Horeb (que es el monte Sinaí).

Elías estaba en Sinaí no porque Jehová lo hubiese llamado, sino porque Sinaí era el monte más emblemático del poder de Dios, el lugar más adecuado para que la mente primitiva de Elías se refugiara en ese momento de dolor, el lugar más tradicional para un israelita que pretendía revivir al Dios que hacía humear la tierra…

En Sinaí Dios había dado una pequeña gran muestra de su Poder legislativo, ejecutivo, y judicial. Israel había temblado en Sinaí ante Dios, Israel había rogado a Moisés que Dios no les hablara más ante el temor de morir. A una persona con el carácter de Elías le hubiera gustado revivir este tipo de acontecimientos en momentos tan difíciles como los que él atravesaba.

¿Negó Dios en su encuentro con Elías el hecho de que el poder de asustar seguía siendo suyo? No.

"Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?" (1ªRe.19:11-13.)

Evidentemente Dios no negó ser el Todopoderoso.
Mientras tanto Elías había estado complacido con lo que habían visto sus ojos. Salvando las distancias Elías actuaba como un cananeo embelezado que se quedaba admirado del despliegue de poder de baal. Era como uno de esos adoradores que se deleitaban pensando que el poder de su dios se hacía especialmente manifiesto en el despliegue de las grandes tormentas, en el fulgurar de los relámpagos, en el estruendo de los truenos, y en la voladura de techos, carteles, y mediasombras.

Dios no negaba al hecho de ser el Amo y Señor de todo poder… Dios negaba que ese poder fuera el vehículo ideal por medio del cual él hacía todas las cosas.
Dios estaba en el silbo apacible, Dios no era tosco, ni febril, ni iracundo como baal. Esa era la lección que Elías necesitaba aprender (y ciertamente la que muchísimos cristianos no terminan de asimilar, por lo que se observa en sus mentes competitivas)

Elías había idealizado a Dios de la misma manera que los cananeos idealizaban a baal. De modo semejante los cristianos idealizamos a Cristo.

Elías se fue de Horeb con las manos vacías en cuanto a lo que él buscaba para sí mismo.. Dios le dijo: "vuélvete por tu camino" y así emprendió un viaje de 800 km hasta Damasco solo para encontrar que debía continuar con su trabajo.

Cuando nuestro concepto del ser Divino termine de ajustarse a la Biblia, nos veremos libres de la necesidad de idealizar a nuestro inmejorable Dios.

Acerca de "El levita y su concubina" (Una historia de grandes falacias y de grandes consensos) (I)

En la Biblia uno puede encontrar la narración de algunos de los hechos más trascendentes de la historia de la humanidad en relatos muy abreviados y escuetos. Por otro lado, una lógica sublime y Divina que no alcanzamos a discernir totalmente ha establecido que otras historias que consideramos relativamente menos importantes hayan quedado plasmadas, bajo la misma inspiración Divina, en formas tremendamente exhaustivas y ricamente abundantes en varios géneros de detalle.

Ante estas descripciones, los lectores solemos utilizar un razonamiento demasiado elemental que hace que nos resignemos y hasta lamentemos que algunos relatos sean demasiado estrechos, obscuros y/o simples, mientras que otros se nos antojan por demás de generosos.
Comparar, por ejemplo, la extensión y el grado de detalles existente entre el relato de la Creación y el relato de la ley ritual dada a Israel puede ser algo irónico y hasta dramático para algunos, pero la comparación es injusta.

Entre las historias que exasperan a los lectores ante tantos detalles que pintan el ignominioso carácter moral de Israel, hay una historia que suele llamarnos la atención sobremanera. La razón de esto suele ser la viva descripción de los hechos que pertenecen a dicha historia, (hechos necesariamente aberrantes para reflejar el verdadero estado moral de aquella sociedad en la cual se suscitaron).
La historia es conocida como "El levita y su concubina", pero el lector que pretende ser versado en la materia debería hacer un esfuerzo por considerarla como una historia que abarca auténticamente los capítulos 19 al 21 del libro de los Jueces, y no tan solo el 19, como suele creerse.

Detrás de esta historia de oscuras pasiones, rara vez se ha advertido que se esconde otra historia mucho más oscura y tantísimo más dramática. Que yo sepa, nadie ha predicado o llamado la atención sobre ella en contexto con la famosa historia mencionada. Esta historia más elemental y menos evidente que la de la pareja de judíos, es la historia de un pueblo que oficializó una matanza indiscriminada de personas inocentes, presumiendo y careciendo de una legislación Divina.
Rara vez he visto a los cristianos espantarse más por la masacre del capítulo 20 que por la muerte en singular del capítulo 19, la razón de esto es que el crimen del 19 ofrece una exuberante cantidad de detalles a la mente del lector, mientras que los crímenes del 20 no son descritos. De este modo llega a pesar más la muerte de un solo individuo que una masacre. Evidentemente que la forma de los relatos de una historia son ciegos modificadores e implacables condicionantes de nuestra lectura de la realidad.
Ergo: Se debe hacer un mayor esfuerzo para penetrar las capas elementales del texto bíblico. No somos periodistas del texto sagrado, somos maestros.

Lo que me propongo en este artículo es referir y explicar la parte oculta, o menos atractiva, de la historia, deseo abrir una historia que furtivamente se ha apostado en el fondo de todo el pasaje pero que, no obstante, permanece subyacente en toda problemática moral.
La historia que veremos es otra crónica de cómo la mera fuerza de una simple mayoría bastó para que se perpetrara una de las matanzas más injustificadas que Israel tenga en el haber de su vergonzosa historia. Una matanza indiscriminada de personas inocentes, entre las cuales se contaron mayoritariamente mujeres y niños.
Si el relato del abuso y muerte de la esposa concubina del levita es cruel, la disimulada historia de lo que ocurrió después es atroz.

La gente lee la historia del levita y su concubina (Jue.19) y se detiene antes de haber llegado a un tercio de toda la historia. El lector de Jueces 19 suele sufrir un bloqueo mental debido a que pocas veces la Biblia ofrece una descripción tan vívida de una serie de hechos abominables. Pero la historia no termina en el capítulo 19, la historia prosigue vivamente hasta el final del libro (Jue.20-21.)
Es verdad que el hábito de los lectores suele ser el de cortar una lectura en la Biblia al final de algún capítulo, este error se debe a una presuposición ingenua en la mente del lector; que la historia ha terminado. Nunca fue el propósito de quienes establecieron dichas instancias de separación el limitar nuestras lecturas bíblicas, por el contrario.

Además de estos errores técnicos en la lectura, la cruda naturaleza de los hechos que se narran provoca un leve aturdimiento en aquellos que son sometidos al rigor de esa porción tan explícitamente violenta y sangrienta del texto sagrado, en especial en lo referido a las violaciones sexuales y a la disección del cuerpo de la mujer. Es casi lógico que el lector perdiera el hilo en el cruel relato.

Por lo que se lee en algunos comentarios, algunos, no pudiendo abstraerse de la historia para continuar en el avance del texto, han quedado detenidos en dicho lugar estableciendo pálidas y apresuradas enseñanzas. Lo cierto es que la historia del levita y su concubina no es ni pretende ser una lección en sí misma, sino una muestra, una manifestación particular y muy acotada del pecado que se encuentra ramificado dentro de una sociedad toda.
La historia de los benjamitas violadores y asesinos es un breve muestrario del estado de una sociedad en pleno proceso de disolución. Dicha historia refleja una situación dentro de la micro estructura social de Israel, y quiere apuntarnos indirectamente la condición global de la macro estructura política y religiosa del pueblo.

La historia que se desarrolla desde el capítulo 19 hasta el 21 comienza con un acercamiento en primer plano de las relaciones sociales dentro de Israel.
El planteo del relato viene a ser como una escena enfocada por un potente microscopio que observa una pequeña comunidad de bacterias y de microorganismos que se destruyen y se devoran mutuamente, y que se rifan sus manjares de putrefacta disolución (esto es el capítulo19). Desde cierto punto (capítulo 20 a 21) el enfoque de la historia cambia, y es como si el terrible microscopio retirara el zoom hacia atrás mostrando a los individuos de la primera escena cada vez más lejos y distantes a la vez que comienza a verse una vasta población de gérmenes alrededor de ellos sobreviviendo sobre un mismo extenso tejido muerto…
Jueces 19 al 21 es un paseo por la necrosis moral de un pueblo.

De modo que quien se rasga las vestiduras por el relato de la historia del levita y su concubina se apresura demasiado en sus juicios, ignorando una lección más profunda e importante. Si en la singular historia del capítulo 19 hay enseñanzas morales, entonces en el contexto del mismo se encuentra la madre de las enseñanzas morales.

El deteriorado estado del sacerdocio de aquel tiempo propiciaba que algunos levitas incurrieran en el error de ser empleados religiosos itinerantes por su propia cuenta, soldados espirituales, o mejor dicho, "mercenarios espirituales" a sus propias expensas. (Las últimas dos historias del libro prescriben esto, demostrándose así la condición espiritual de Israel.)

En consecuencia a esto era lógico que el levita de esta historia morara como forastero en una tierra que no era la preestablecida por Dios. (Jue.19:1.)

De este detalle circunstancial de la vida del levita, se pasa a algunos detalles morales: "el levita… había tomado para sí mujer concubina de Belén de Judá. Y su concubina le fue infiel…"

Para la mentalidad promedio de hoy día, es seguro que a quien se le asignará un estigma social casi de inmediato será la mujer de la historia, primero por su carácter de "concubina", y segundo por su infidelidad. En el primer caso se comete un error de juicio exegético, quizás por olvidar que estamos hablando de personas pertenecientes a un tiempo y a una cultura bastante diferente a la nuestra.

Nuestro término castellano "concubina" no se asemeja en nada al concepto que posee el término utilizado por el escritor sagrado, ni tampoco nuestro concepto contemporáneo de "mujer concubina" define la posición que dicha mujer, como tal, tenía ante las autoridades y ante la sociedad a la que pertenecía. Toda historia antigua o neotestamentaria demanda una cuidadosa interpretación primaria y literal.
Ante la ley de Moisés, una mujer concubina era considerada, técnicamente hablando, como una mujer del mismo honor y rango que la esposa primera u original. La voz de los historiadores se aúna para decirnos que aunque esto era así técnicamente, no obstante en la práctica era todo lo contrario.
La letra de la legislación Divina no podía reformar el corazón de las personas, y esta ley era tenida en poco, pues en la práctica se discriminaba a la "segunda" mujer (la concubina) no reconociéndosele casi ninguno de los derechos que el Autor de la ley le había otorgado, salvo en casos de faltas indisimulables presentadas ante las instancias de un tribunal.

En la ley de Moisés estaba previsto:

"Cuando salieres a la guerra contra tus enemigos, y Jehová tu Dios los entregare en tu mano, y tomares de ellos cautivos, y vieres entre los cautivos a alguna mujer hermosa, y la codiciares, y la tomares para ti por mujer, la meterás en tu casa; y ella rapará su cabeza, y cortará sus uñas, y se quitará el vestido de su cautiverio, y se quedará en tu casa; y llorará a su padre y a su madre un mes entero; y después podrás llegarte a ella, y tú serás su marido, y ella será tu mujer. Y si no te agradare, la dejarás en libertad; no la venderás por dinero, ni la tratarás como esclava, por cuanto la humillaste." Dt.21.10-14.

Esta legislación Divina a favor del sexo femenino estaba motivada por amor a las almas de ciertas y determinadas mujeres que eran objeto de los abusos y excesos propios de una sociedad prominentemente marcada por la mentalidad varonil, rústica y desprejuiciada como lo era la del promedio de los varones israelitas.
El propósito de esta legislación era promover total dignidad y honor hacia las esposas tomadas de los esclavos y proveer seguridad para la jurisprudencia de los tribunales judíos, que se caracterizaban no por el recto ejercicio de la justicia sino por sus vetas de implacable furia a la hora de sentarse a juzgar a dichas mujeres.

Para la norma moral del Dios de Israel era una falta que los israelitas tomar mujeres concubinas, porque las motivaciones que impulsaban a los varones judíos a hacer esto era la codicia de la carne, las pasiones oscuras que despertaba un sexo licencioso, y la ventaja que le reportaba a ellos una segunda mujer en el marco del prestigio social como así también en lo tocante a reclutar más fuerza de trabajo. Pero Dios no podía menos que legislar sobre el asunto de la poligamia sabiendo que ese sería un mal del que no podría disuadir a los hombres, ni siquiera a los israelitas.

Según Cristo, dentro de la Ley existía un conjunto de leyes sobre el matrimonio que fueron dadas por Dios a causa de "la dureza de sus corazones", y esto dicho en relación a hombres. Es decir que este tipo de corazón no dejaba otra alternativa que hacer una ley restrictiva, y no una ley constructiva en relación a la vida conyugal.

Evidentemente que si muchos de los hombres de aquella sociedad tenían un doblez moral en sus corazones en cuanto al acatamiento de la perfecta voluntad de Dios para el matrimonio, las mujeres, siguiendo la misma lógica que ellos se justificarían a sí mismas a la hora de darse libertad para tener sus amoríos.

Todos los varones judíos que tenían mujeres concubinas fracasarían ante el tribunal de la conciencia de cualquiera que recordara esto: "no codiciarás la mujer de tu prójimo".

De modo que llegamos a esta instancia social:

"el levita… había tomado para sí mujer concubina de Belén de Judá. Y su concubina le fue infiel…"

Aquí se deben señalar dos faltas morales, no tan solo una. Una se señala implícitamente, la otra explícitamente, porque el escritor mismo tenía una mentalidad moldeada dentro de las normas y de las convenciones de su propia cultura…

Tomar mujeres, contra todo el espíritu de la ley para construir una poligamia, y darles a esas mujeres un trato rústico que era contra la ley era algo socialmente aceptable (hasta para las mismas mujeres era bastante normal) Este tipo de cosas era algo que no llegaba a trascender socialmente, pero cuestiones como el adulterio en seguida tomaba carácter, juicio y sentencia pública, especialmente en perjuicio de una de las personas más indefensas de aquella sociedad: la mujer.

Los varones israelitas ya habían adaptado la Ley a su nivel ético y moral. Tener un "harem" y utilizar a las mujeres como esposa/sierva no constituía escándalo alguno, era algo que no solo se dejaba pasar, sino que llegó a ser como ejemplo dado por los mismos monarcas de Israel, pero se debe recordar que no se utilizaba el mismo procedimiento ni la misma mentalidad en el juicio contra el más débil que contra el poderoso. ¿Dónde estaba el hombre adúltero cuando trajeron ante Jesús a la mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio? (Jn.8:4.) ¿Acaso la ley no condenaba a ambos? Contestamos: Sí, efectivamente la ley condenaba a ambos por igual. (Lv.20:10. Ex.20:14)

Si en el nivel más elevado y emblemático de la autoridad de una comunidad existe la corrupción moral, es obvio que esta corrupción se extenderá hacia los escalones que descienden por la estructura de la pirámide social. Cuando el pecado se instala en la cabeza de mando, es difícil exigir santidad a aquellos a quienes se les obliga a estar "abajo".

En Israel no era lo mismo la dignidad que se le otorgaba a un sacerdote que la que se le rendía a un hombre común, no era lo mismo la dignidad que se le daba a un hombre de guerra que la que se le daba a un artesano, la dignidad que se remitía a un varón no era la misma dignidad que la que se remitía a una mujer, no era igual la dignidad de un hijo primogénito que la de un hijo segundo, la de una hija que la de un hijo, la dignidad de una esposa tomada de Israel no era la misma que la dignidad de una esposa tomada de los gentiles…cada rol tenía asignado un prestigio social y un trato preferencial que resulta ser execrable si se recuerda que el espíritu de la ley señalaba que la honorabilidad de cada individuo debía ser sustancialmente la misma. El amor al prójimo era injustificadamente desigual, y el amor hacia una esposa concubina también…

Una esposa concubina y sus hijos tenían exactamente los mismos derechos de herencia que una mujer no concubina, por así decirlo:

(Viene del mismo contexto que la cita anterior)
"Si un hombre tuviere dos mujeres, la una amada y la otra aborrecida, y la amada y la aborrecida le hubieren dado hijos, y el hijo primogénito fuere de la aborrecida; en el día que hiciere heredar a sus hijos lo que tuviere, no podrá dar el derecho de primogenitura al hijo de la amada con preferencia al hijo de la aborrecida, que es el primogénito; mas al hijo de la aborrecida reconocerá como primogénito, para darle el doble de lo que correspondiere a cada uno de los demás; porque él es el principio de su vigor, y suyo es el derecho de la primogenitura." Dt.21:15-17.

La legislación citada estuvo motivada precisamente por la discriminación que los hombres y sus primeras esposas solían hacer contra las esposas concubinas y sus hijos.

Es más que evidente que a este tipo de esposas no se les concedía la misma igualdad de condiciones y derechos legales (aunque dentro de la legislatura estaban asegurados y garantizados). Es más que evidente que los hombres llevaban "la sartén por el mango" en estos asuntos con una patética presunción de poder, y aunque todo lo necesario para que existiera el equilibrio de la justicia social en Israel estaba efectuado desde la legislación Divina, sin embargo, la justicia no era igual para todos; el pecado de algunos era peor que el pecado de otros…

En el caso particular de los protagonistas de nuestra historia (el levita y su concubina), el amor de parte del hombre era un verdadero fiasco. El texto bíblico lo muestra sin ironías:

V3- La buscó para hablarle amorosamente, y hacerla volver…

V25- tomando aquel hombre a su concubina, la sacó; y entraron a ella, y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana, y la dejaron cuando apuntaba el alba.

Por supuesto que después de esta puesta a prueba uno tendría derecho a dudar del verdadero grado de compromiso que había en el corazón amante del levita, de otro modo imagine que usted y su esposa discutieran y ella se fuera, entonces usted va a buscarla, y al pasar por un lugar peligroso de la ciudad lo asaltan, y usted enfrentando a los asaltantes les dice: no me maten, acá tienen a mi esposa, háganle lo que quieran, pero por favor no me maten…
Vamos a decir que usted no estaría entre los candidatos nominados al "mejor esposo". Pero aún cuando en vez de una mera discusión de por medio hubiera habido un adulterio, la cosa no cambiaría, de modo que en cualquier caso, si la nobleza de un esposo no se exhibió en los momentos buenos y agradables de la vida, es imposible que esta haga su aparición en un momento tan crítico como lo era ese. Esto puede llevarnos a pensar qué tipo de esposo había sido el levita en buenos tiempos…

Después de la perturbadora historia de la violación múltiple a la esposa del levita, el texto nos muestra a un esposo imperturbable:

"Mas aquellos hombres no le quisieron oír; por lo que tomando aquel hombre a su concubina, la sacó; y entraron a ella, y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana, y la dejaron cuando apuntaba el alba. Y cuando ya amanecía, vino la mujer, y cayó delante de la puerta de la casa de aquel hombre donde su señor estaba, hasta que fue de día.
Y se levantó por la mañana su señor, y abrió las puertas de la casa, y salió para seguir su camino; y he aquí la mujer su concubina estaba tendida delante de la puerta de la casa, con las manos sobre el umbral.
El le dijo: Levántate, y vámonos; pero ella no respondió. Entonces la levantó el varón, y echándola sobre su asno, se levantó y se fue a su lugar.

Ni el esfuerzo más grande de la literatura dramática, ni el ingenio de la prosa más pulida de la historia más desgarradora que se halla inventado jamás puede hacer, siquiera, mella en este incidente de la realidad; el descuido deliberado, el desamor insufrible, y la vileza más atroz es más patente en la faz de este esposo que en la de todos los benjamitas que se reunieron allí durante la noche. Todo lo que él tiene para ella es: "Levántate, y vámonos". Dos órdenes, dos reproches, dos disimulos, dos golpes morales. ¿Podrá alguien convencerme de que este hombre vino de lejos verdaderamente para hablarle a esta, su esposa, amorosamente con el fin de hacerla volver a su casa para dicha de ella? (19:3.) ¿Podrá alguien defender el carácter moral del levita y condenar a su concubina enteramente? ¿Podrá alguien ignorar los matices de la desigualdad y de la injusticia social con índices tan elevados de testosterona?

Algunas preguntas que no deberíamos tratar de evitarnos son las siguientes: ¿Qué estuvo haciendo el levita durante toda esa noche mientras su esposa era violada minuto a minuto, segundo a segundo, hora tras hora? ¿Estaría durmiendo? ¿En que se basaban las promesas de amor que él traía para ella? ¿Qué hicieron los otros dos hombres que estaban con él para impedir que esto pasara? ¿Qué idea tan optimista y llena de inocencia, qué anhelo de reparo y protección, qué urgente necesidad de consuelo habrá tenido ella para que al final de semejante pesadilla tuviera la intención de volverse a la casa, a aquel que le había cerrado las puertas horas antes para salvar su propia vida? ¿Qué habrá pensado Cristo del ejemplo de este esposo en relación al tipo de esposo que fue él para con el infiel Israel capitaneado por este tipo de levitas? ¿Por qué, después de este suceso, en vez de ser cortada en pedazos la mujer del levita no fue cortado en pedazos el esposo? ¿Acaso el pueblo no tenía la más alta norma moral y legislativa de la tierra para poder discernir…?

En nuestro universo cristiano suelen reiterarse estas situaciones en las que el pecado se acomoda al entendimiento de que hay situaciones justificables, situaciones en las cuales una infame indiferencia por parte de la gran mayoría de los hijos de Dios se muestra implacable. Especialmente es notable en aquellas jerarquías de "autoridad espiritual", que tan a menudo se muestran arrogantes, y presuntuosas tras un velo de superioridad, aplastando y exhibiendo con autoritarismo y sin detrimento alguno a los cristianos que son más vulnerables y visibles en las escenas de la culpabilidad.

En aquella época el promedio de los tribunales judíos consensuaba en el hecho de que ella era una pecadora, y él un ilustre varón de Israel…
En el cristianismo de hoy, el pecado enquistado en las posiciones de liderazgo es un poderoso "consenso oficial", y los débiles reclamos de algunos cristianos aislados son el hazme reír de un movimiento religioso masivo que avanza perdido, sin identidad, y sin rumbo.

Es que en aquel mundillo religioso (como en el nuestro) existía una larga trayectoria de hechos vergonzosos que ya habían acostumbrado a la gente a tomar los abusos con indiferencia y con mucha naturalidad. Nosotros, a semejanza de ellos hemos hecho una completa catarsis frente a las injusticias del mismísimo mundo cristiano en el que vivimos.

Pero ese "statu quo", ese silencio generalizado del pueblo, ese mudo aval que acompañaba aquellas campañas a favor de la corrupción y de los abusos de poder moral, esa gran partida de pecado por omisión, no lograron prevalecer absolutamente, pues para algunas personas, y para Dios, la Verdadera Verdad seguía permaneciendo clara, inmaculada, y subyacente poniendo de manifiesto que detrás de la historia oficial había otra historia… la historia verdadera.
Dicha historia se lee (si se desea) en las páginas del Antiguo Testamento, la historia cuya enseñanza tiene el poder de reivindicar plenamente a la Justicia moral que amamos, aquella por la que jamás bajaré estos frágiles brazos.

Acerca de "El levita y su concubina" (Una historia de grandes falacias y de grandes consensos) (II)

Después de una actuación moral decepcionante, y con una acción no menos aberrante que la que habían cometido los benjamitas, el levita se coloca el delantal/túnica de carnicero/sacerdote y decide hacer público el infame trato que su esposa (pero también él) había recibido en Gabaa. La pericia de sus manos acostumbradas a la disección de animales por medio del cuchillo acaso le habría ayudado en su ardua tarea de trozar el cuerpo de su esposa en doce enigmáticas partes.

"Y llegando a su casa, tomó un cuchillo, y echó mano de su concubina, y la partió por sus huesos en doce partes, y la envió por todo el territorio de Israel. Y todo el que veía aquello, decía: Jamás se ha hecho ni visto tal cosa, desde el tiempo en que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta hoy. Considerad esto, tomad consejo, y hablad." (Jue.19:29-30.)

Al margen de su justificado "derecho al pataleo", la manera en que el levita promovió su ira hacia Benjamín fue tan sutil como efectiva:

-Utilizó un medio altamente sensibilizador y gráfico; a saber, las partes del cuerpo de su esposa.
-Hizo que ese muestrario humano fuera acompañado de la versión de los acontecimientos perpetrados por los benjamitas.
-Hizo que todo Israel fuera impactado con la noticia al mismo tiempo, valiéndose de una estratégica disección y distribución del cadáver, es decir el testimonio acompañado de las doce piezas del cuerpo.
-Añadió presión por medio de los correos demandando del pueblo de Israel tres cosas: A) Que consideraran, confines resolutivos, lo que había acontecido en Gabaa. B) Que tomaran consejo, (esto es, la opinión consensuada del pueblo y de los ancianos.) C) Que dieran una respuesta, es decir, que se erigieran por jurado dando un veredicto concreto con respecto al suceso, más específicamente con respecto a Benjamín.

El pueblo no tardó en reaccionar con la clásica ceguera de un enardecimiento popular avasallador.

"Entonces salieron todos los hijos de Israel, y se reunió la congregación como un solo hombre, desde Dan hasta Beerseba y la tierra de Galaad, a Jehová en Mizpa. Y los jefes de todo el pueblo, de todas las tribus de Israel, se hallaron presentes en la reunión del pueblo de Dios, cuatrocientos mil hombres de a pie que sacaban espada."
(Jue.20:1-2.)

La actitud de represalia que se preparaba por parte de Israel para con Benjamín no puede ofrecer mayor evidencia, pero tampoco pretendía ser disimulada. No cabe duda de que el hombre tiene una predisposición natural para sentarse a juzgar los pecados ajenos, pero cuando ese hombre es una multitud frenética, ni siquiera a los inocentes se les puede garantizar sus derechos más elementales.
Como se verá, el abuso de Benjamín va a ser contrarrestado con otro abuso, y en esto no se debe olvidar el abuso de poder anteriormente ejercido a nivel social por parte de los varones en relación a las mujeres, entre los cuales estaba el levita.
Unas preguntas en las que deberíamos reflexionar en este punto son:

-¿Qué hubiera sucedido si este mismo Israel hubiera tenido la décima parte de la urgencia y del empeño que mostró aquí para hacer tomas de conciencia en cuanto a los excesos e injusticias sociales ya existentes como los ya mencionados?
-¿Se hubieran reunido con la misma presteza todos estos hombres rudos y de ánimo colérico para una asamblea sobre los abusos contra las concubinas?
-¿Por qué el pueblo no se congregaba alrededor de Dios y se rasgaba las vestiduras por las actitudes codiciosas de los hombres/líderes de Israel que seguían sumando esposas a sus "harem"?
-¿Por qué la mayoría del pueblo muestra tanta prontitud en descubrir y juzgar el pecado ajeno antes que el propio?
¡¡¡Que diablos!!! ¿Es que nadie advertía que las libertades morales que se venían tomando esos mismos hombres en relación al matrimonio afectaban a la moral familiar, y luego a la sociedad, y luego al pueblo hasta llegar a un desencadenamiento de inmoralidad en el cual se propagaban degenerados y psicópatas sexuales como los benjamitas?

El suceso de los benjamitas nunca habría tenido lugar en Israel, si personas como el levita se hubieran cuidado de respetar el espíritu de la ley en cuanto al matrimonio.

El pecado de la mayoría de los hombres de Israel no se podía dejar de ver como el pecado de los líderes responsables de la conducción ética y moral del pueblo. De modo que el hombre peca, su mujer adultera, la promiscuidad aumenta, los hombres se degeneran, violan, y matan. Ese es el orden de sucesos y de responsabilidades en el contexto social.
Todo pecado es malo, pero hay grados de responsabilidad y de participación que deben ser considerados cuidadosamente si se desea entender por donde se construye una sociedad, una comunidad, o una iglesia sana.

Ahora Israel se cree un tanto santo, y está listo para cortar de la tierra a Benjamín, que también es Israel. ¿No es paradójico? No solo es paradójico, sino también patético. El pueblo que no respeta sus propios códigos éticos y morales tarde o temprano llega a matarse a sí mismo, es decir a autodestruirse.

En esta historia las consecuencias llegan a calar tan hondo en la sociedad judía no por una catástrofe del azar sino porque esa misma sociedad participó durante mucho tiempo en graves pecados de omisión.

En nuestros días esta historia es similar. Las simples mayorías de cristianos de diferentes tendencias profesan sus credos con demasiada confianza en sí mismos, y con descuidos morales que han producido grietas gigantes en la integridad del cristianismo. Así se ve como el nivel de corrupción existente en ese medio llega desde lo más "alto", hasta lo más "bajo", pero solo se hace escarnio público de los cristianos más inmaduros, vulnerables, e ingenuos, ya que son ellos los que siempre aparecen en las escenas de culpabilidad, vergüenza y pecado público. Mientras tanto los que ocupan los mandos y las altas jerarquías de esa maquinaria religiosa de devastación humana prosiguen su rumbo imperturbable.

¿Hemos intentado determinar con sinceridad qué grado de responsabilidad hay en los líderes espirituales y en las masas que les acompañan ciegamente de las cosas aberrantes que suceden en las vidas siempre visibles de muchos cristianos?
¿Hasta qué punto el cristianismo sigue el mecanismo de tener siempre a los incorregibles en una vitrina pública para convencerse y demostrarse su regla de moralidad, santidad, y autodisciplina?
¿Dónde está la línea que separa la hipocresía del recto juicio dentro de las comunidades cristianas? De seguro que en un cristianismo como el actual, en el cual los líderes mandan más que Dios, esa línea estará lo suficientemente calibrada del lado del poder humano, de otra manera no existirían tantas decepciones entre aquellos que esperan que se gobierne de acuerdo con los intereses de Dios.

En nuestra historia, Israel se congrega masivamente alrededor de Dios, de manera que exista una fuerte impresión de que hay mayoría oficialmente defensora de la causa de Dios. Creo que si consideramos la moralidad de Dios, entenderemos que Él se negaba a estar del lado de cualquiera de las dos partes en este litigio. La ortodoxia cristiana se congrega masivamente alrededor de Dios (ponen deliberadamente a Dios en medio de ellos) para demostrar que Dios está de su lado. La heterodoxia, por su parte, hace lo mismo, pero Dios tiene que estar necesariamente distante de ambos grupos, eso es obvio por la calidad moral de vida que ofrecen y poseen la mayoría de aquellos que componen y promueven dichos movimientos.

Las mayorías suelen imponerse en sus reclamos y presunciones inauditas del favor Divino por el solo hecho de ser mayorías, y no porque se hallan ganado el favor de Dios para que Él este de su lado.
La actitud de Israel era como la de un hijo que presume con demasiada seguridad que su padre estará de su lado porque sus desobediencias fueron menores que las de su hermano menor. Este hijo o este Israel tienen un concepto equivocado del carácter del Padre.

En estas circunstancias es que el pueblo de Israel está reunido para afinar la punta del lápiz, y ahora el levita es convocado para comparecer ante un pequeño consejo:

Y dijeron los hijos de Israel: Decid cómo fue esta maldad. Entonces el varón levita, marido de la mujer muerta, respondió y dijo: Yo llegué a Gabaa de Benjamín con mi concubina, para pasar allí la noche. Y levantándose contra mí los de Gabaa, rodearon contra mí la casa por la noche, con idea de matarme, y a mi concubina la humillaron de tal manera que murió. Entonces tomando yo mi concubina, la corté en pedazos, y la envié por todo el territorio de la posesión de Israel, por cuanto han hecho maldad y crimen en Israel. He aquí todos vosotros sois hijos de Israel; dad aquí vuestro parecer y consejo.

El levita declara nuevamente la historia omitiendo que él sacó deliberadamente a la mujer. De acuerdo con su relato es muy ambiguo si ellos la tomaron, o si él la entregó para salvar su honor. Al mismo tiempo, y para alarmar al tribunal les insinúa que el pecado de Benjamín está esparcido sobre todo el pueblo de Israel (implícito también en el esparcimiento del cuerpo por todo Israel). Es obvio que tal razonamiento puede exasperar con facilidad los ánimos de un pueblo ya bien predispuesto a purgar toda culpa, y a sacrificar al chivo expiatorio de este capítulo: Benjamín.

Pero insisto en que no se debe olvidar que independientemente de la legítima culpabilidad de algunos benjamitas, existía toda una sociedad que era responsable de haber actuado como "caldo de cultivo" para que se gestara semejante monstruo. Pregúntese a usted mismo: ¿A dónde hubiera ido yo en aquel día en que Israel se congregó para destruir a aquellos hombres que solo eran el síntoma y no la enfermedad del pueblo? ¿Habría levantado el dedo acusador con la mayoría, o me habría quedado en casa?

Pregúntese: ¿Soy como los del pueblo de Israel, que enseguida encuentran al culpable y responsable de todos los males omitiendo mis posibles implicaciones en dichos asuntos?
Pregúntese: ¿Soy de esas personas que se dejan llevar por los desgraciados e injustos mecanismos que se han enquistado en el cristianismo?
Pregúntese de veras: ¿Soy de ese tipo de cristiano que levantan la mano con la mayoría para condenar a aquellos que son más vulnerables a la tentación?
Pregúntese pues: ¿Soy el tipo de pastor que actúa con el reglamente debajo del brazo, y que rara vez se detiene a pensar si estoy tratando con los síntomas o con la enfermedad misma?

Pregúntese al fin: ¿Hasta dónde hemos llegado para que en nuestro medio existan monstruosos benjamitas? ¿Acaso no es sabio hacer un juicio que comience por la parte de arriba? ¿O solo queremos destrozar oportunamente a algunos culpables para que resalte nuestra justicia?
Note en dónde recae el énfasis del espíritu de Cristo:

"Y oramos a Dios que ninguna cosa mala hagáis; no para que nosotros aparezcamos aprobados, sino para que vosotros hagáis lo bueno, aunque nosotros seamos como reprobados. Porque nada podemos contra la verdad, sino por la verdad. Por lo cual nos gozamos de queseamos nosotros débiles, y que vosotros estéis fuertes; y aun oramos por vuestra perfección. Por esto os escribo estando ausente, para no usar de severidad cuando esté presente, conforme a la autoridad que el Señor me hadado para edificación, y no para destrucción."(2ªCo.13:7-10.)

"Autoridad para edificación, y no para destrucción", "edificación, perfección, crecimiento, abnegación" no, no era este el espíritu de los judíos en aquel nublado día, ni tampoco suele ser este el espíritu de los cristianos cuando se sientan a deliberar sobre diferentes problemáticas internas. Aunque sea expansivo, esto es ciertamente verdad.

El pueblo llegaba a un punto de coyuntura muy grave y antes de la matanza era preferible consultar a Jehová:

"Luego se levantaron los hijos de Israel, y subieron a la casa de Dios y consultaron a Dios, diciendo: ¿Quién subirá de nosotros el primero en la guerra contra los hijos de Benjamín? Y Jehová respondió: Judá será el primero."

Aunque sin autoridad moral, Israel preguntó y Dios se mostró en contra del pecado de Benjamín. Como estaba prescrito explícitamente en la Ley que este tipo de pecado de inmoralidad dentro de Israel no sería dejado sin castigo, Dios estaba obligado a contestar, y lo hizo en consecuencia con lo que ya había dicho en la Ley.

Pero el hecho de que Dios se mostrara en contra del pecado de Benjamín, no significa que Dios se mostraba totalmente a favor de aquellos que le estaban consultando. Porque: ¿Qué hubiera sido la respuesta de Dios si los Israelitas preguntaban:"¿Por qué pasó esto en medio de Israel Dios?", o tal vez con más sinceridad:"¿Qué hicimos mal para que esto llegara a ocurrir dentro de nuestro pueblo Dios?" o,"¿Qué responsabilidad tiene Israel de lo que aconteció en Benjamín, ya que Benjamín también es Israel?"

Estas y muchas otras preguntas se le podrían haber hecho a Dios en esa oportunidad, pero Israel solo atinó a preguntar acotadamente quien iría primero a castigarlos. Los hombres sabemos perfectamente cuales son aquellas preguntas que no debemos hacer a Dios cuando las circunstancias no nos son convenientes.

Después de una serie de enfrentamientos, y de sentimientos encontrados, y de largos sufrimientos que merecen toda una consideración exegética aparte, Israel logra derrotar a Benjamín.

Se nos dice, no solo que Dios estuvo a favor de la derrota de los hombres de guerra de Benjamín, (quienes luchaban por una causa injustificable), sino que también se muestra a Dios como quien los derrotó. Esto no comporta ninguna enseñanza sorprendente, lo sorprendente es que el ejército aliado destruyera, sin una orden explícita Divina, todas las familias de los Benjamitas culpables y de los Benjamitas no culpables. Una enorme partida de mujeres y niños fueron asesinado a modo de una frenética purga.
La ira del hombre no obró la justicia de Dios. El fuego humano de la purificación consume desmedidamente, mientras que el fuego Divino de la purificación lo hace perfectamente.

"Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado."Dt.24:16.

La matanza fue inconstitucional, y el peor atenuante de todos es aquel que nos muestra a un Israel cuyos individuos hacían lo que bien les parecía, cada uno hacía lo recto ante sus propios ojos.

Como si esto no fuera suficiente como para colmar la capacidad de sus pecados, la historia nos revela con mayor ironía que muchos de los verdaderos culpables salieron impunes, y hasta con beneficios extras:

Fueron todos los que de Benjamín murieron aquel día, veinticinco mil hombres que sacaban espada, todos ellos hombres de guerra. Pero se volvieron y huyeron al desierto a la peña de Rimón seiscientos hombres, los cuales estuvieron en la peña de Rimón cuatro meses…

…Y los hijos de Israel se arrepintieron a causa de Benjamín su hermano, y dijeron: cortada es hoy de Israel una tribu. ¿Qué haremos en cuanto a mujeres para los que han quedado? Nosotros hemos jurado por Jehová que no les daremos nuestras hijas por mujeres.

Y dijeron: ¿Hay alguno de las tribus de Israel que no haya subido a Jehová en Mizpa? Y hallaron que ninguno de Jabes-galaad había venido al campamento, a la reunión. Porque fue contado el pueblo, y no hubo allí varón de los moradores de Jabes-galaad.
Entonces la congregación envió allá a doce mil hombres de los más valientes, y les mandaron, diciendo: Id y herid a filo de espada a los moradores de Jabes-galaad, con las mujeres y niños.
Pero haréis de esta manera: mataréis a todo varón, y a toda mujer que haya conocido ayuntamiento de varón.
Y hallaron de los moradores de Jabes-galaad cuatrocientas doncellas que no habían conocido ayuntamiento de varón, y las trajeron al campamento en Silo, que está en la tierra de Canaán. Toda la congregación envió luego a hablar a los hijos de Benjamín que estaban en la peña de Rimón, y los llamaron en paz.

Bienvenido al Reino de Israel, el Reino del Revés, el Reino de lo inverosímil:

-donde el pueblo recurre a Dios con doblez de corazón, a la vez que recurre a las desnudas armas empuñadas por una mayoría determinada a ir más allá de lo lícito.
-donde los líderes se muestran altamente resolutivos y pragmáticos ante los problemas sociales,
-donde el decreto inconstitucional está a la orden del día,
-donde la política de migración del reino se muestra altamente eficiente a la hora de conseguir una partida de mujeres vírgenes, a cualquier precio...
-donde hace gala el indulto inconstitucional para quienes se levantan contra todo el honor del Orden y de la Justicia Divina.
¡Pero caramba!, ¡Qué gran miseria, y a su vez qué imagen panorámica de nuestro actual mundo "Cristiano"!¡¡¡Será solo por la gracia de Dios si es que en algún lugar hallamos a algunos cristianos que hayan escapado de estas pervertidas mutaciones morales y religiosas de nuestro tiempo, y de todos los tiempos!!!

¿A dónde queda nuestro asombro con respecto a lo que le hicieron a la esposa del levita cuando consideramos el estado moral de la macro estructura social de Israel?
Considerando el amplio punto de vista del contexto, la historia del la violación del capítulo 19 es como una aguja en un pajar, y ciertamente todavía hay más cosas sorprendentes para señalar antes que se acabe el capítulo 21, pero ya no nos asombraría. El asombro prevalece, quizás, al recordar que Pablo desciende de uno de esos seiscientos hombres a quienes la ley sobre los cautivos de guerra no hubiera perdonado, pero eso solo pone un mayor énfasis sobre la Gracia Soberana.

El propósito de este pasaje es no dejar pasar inadvertidamente que tarde o temprano todas aquellas libertades morales que suelen tomarse los líderes espirituales hacen que se resienta en toda una sociedad, generando cosas que están fuera de lo previsto. El propósito del pasaje es dar peso de evidencia al hecho de que la solución a los problemas morales no pasa por el exterminio simple o compuesto de los que aparecen en las peores escenas del crimen.

El propósito de este ensayo es que usted y yo abramos los ojos en referencia a las verdades más ilustres de estos capítulos:

-No debemos rehuir de nuestras responsabilidades ante los fracasos que se suscitan en la vida de los hermanos que tenemos a nuestro alrededor.
-No debemos hacer el camino corto hacia el chivo expiatorio más evidente que hay en la escena de la culpabilidad moral.
-No debemos preguntar a Dios las acostumbradas sandeces que preguntamos, debemos preguntar a Dios lo que no queremos preguntar.
-Las mayorías deben evitar caer en la tentación de torcer el derecho y la justicia. Dios, siendo uno, siempre será mayoría.
-Sometamos al rigor de los exámenes de conciencia a nuestra propia vida, a nuestra propia familia, a nuestro propio trabajo, a nuestra propia iglesia, no a las víctimas de nuestros pecados y desaciertos.
-Encaremos de lleno la enfermedad, aunque esto cambie por completo nuestra forma de ver y de pensar las cosas, y dejemos de tratar con los síntomas.

"Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más." (Jn.8:7-11.)

Esta expresión sublime del carácter de nuestro Señor no es incidental, no es fútil, no es trivial. Nos enseña la razón por la cual somos, estamos y aún subsistiremos en él: Su Amor hacia nosotros.
¿Nuestra conducta hace honor a ese Amor que nos fue dado?

La otra lucha

Gedeón fue un hombre que libró grandes batallas.
Luchó contra el dolor de ver cómo su propia familia le era indiferente al hecho de defender la fe verdadera.
Luchó contra el peligro de verse perseguido so pena de muerte por sus propios vecinos. Luchó contra la estigmática posición de ser el menor de sus hermanos dentro de la familia más pobre de la tribu de Manases.
Luchó contra el dolor que consistía en perder a esos mismos hermanos por causa de la espada cruel e impiadosa del enemigo extranjero, luchó contra el hambre (una ardua lucha que desconozco).
Luchó contra el dolor de ver a su pueblo viviendo en cuevas o en cavernas.
Luchó silenciosamente contra la actitud de compatriotas que nostálgicamente abrazaban el culto de Baal y Asera, olvidando a Quien los había salvado.
Luchó contra sus propios temores y evitó la luz de un día para obrar en el crepúsculo de una noche, (este temor prefigura los temores contra los cuales debería luchar después, porque prefirió la noche antes que el día para pelear).
Luchó por demostrar públicamente que la sentenciosa fórmula contenida en el nombre Jerobaal, ("contienda Baal contra él") que le había sido impuesto por el incivil populacho no tendría efecto en su vida.
Luchó contra Madián, contra Amalec, y contra los hijos del oriente, cuando estos formaban una temeraria coalición, y representaban el "eje del mal" de aquellos tiempos (permítaseme la baldía expresión).
Luchó para que prevaleciera la unidad nacional en medio de un cruel y desmembrado desamor que cundía en Israel.
Luchó contra demandas que superaban su fe poco ejercitada.
Luchó para no entorpecer la purificación que Dios le efectuaba por medio de un riguroso descuento en el ejército que estaba bajo su mando.
Luchó contra el desánimo que produce el reconocer que muchos de los que le rodeaban (más de dos tercios de su ejército) no estaban listos para luchar por la causa de Dios, ni por ninguna causa, y luchó para no envilecerse cuando los vio volviéndose a sus casas temblando de miedo.
Luchó contra su propio temor de descender a la batalla alentado por un sueño.
Luchó en mansedumbre cuando, después de la batalla que había ganado sin pelear, Efraín lo calumnió y lo reconvino vergonzosa y públicamente tildándolo de querer un héroe que se auto gestionaba (bien que el lento tiempo demostraría mucho después que jamás había sido esa su intención) no obstante, callando aún lo que era justo, optó por rebajarse y humillarse ante todos para aplacar una ira que la madurez sabe que no conviene avivar.
En la persecución final de los enemigos luchó contra la indolencia y el insulto de los de Sucot, quienes se negaron a reconocer y se burlaron de que él pudiera estar haciendo algo legítimo para Dios. Volvió a sufrir esto cuando horas después, detuvo su frenética persecución para pedir auxilio (agua y enseres) a los habitantes de Peniel, quienes se negaron a considerarlos dignos de crédito.
Luchó, después de derrotar hasta el último de sus anatemas, al ver que su primogénito era incapaz de acometer la ejecución contra enemigos de guerra que ya habían recibido firme sentencia de muerte, debiendo ejecutar la sentencia él mismo. Luchó en contra de la corriente de su propio pueblo, el cual quiso darle vanagloria al regreso de la batalla: "No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros".
Luchó contra el duro sentimiento de ver que este honorable deseo nunca llegaba a concretarse en el seno del pueblo que amaba.
Dios conoce verdaderamente mejor sus luchas, nosotros solo nos limitamos a contemplar lo que el tiempo fue compilando y agolpando sobre su nombre.
Yo quiero mencionar la otra lucha de Gedeón, que he omitido deliberadamente.
La lucha a la que me refiero es la primera y más grande de todas, anterior a las mencionadas, anterior inclusive, al carácter público de su carrera y de su gestión de caudillo de Israel.

Dicha lucha refiere que Gedeón está enemistado con Dios, resentido, dolido, y desesperado, con su fe hecha pedazos, ávido de hallar a alguien que le de respuestas…

Dios condesciende amorosamente al dolor de Gedeón (y mi alma toma aliento por ello). Bajando del cielo y bajo el disimulado aspecto de un profeta, Dios observa a Gedeón mientras este sacude trigo en un lugar escondido, para saciar el hambre elemental.
Dios le habla:

-Jehová está contigo varón esforzado y valiente…

Despojado de todo buen modal, y contra toda la piadosa tradición, Gedeón responde al desconocido con burlona ironía. No se cuida, claro está, de que su interlocutor sufra parte del agravio que hay en su descontento:

-Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto?...

Ergo: "Jehová NO está con nosotros". La frase no solo descalifica, también desautoriza, e invalida la buena nueva. Continúa la queja, de la cual Dios ya sabe el reverso y el anverso, los días, y las noches de insomnio.

-"¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto?"

Gedeón calumnia el pasado, gastándole una sarcástica broma a este hombre que de entusiasta ya le parece estúpido. Gedeón no va a retener nada de lo que piensa y sentencia:

-"Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas."

He aquí un golpe bajo para Dios, en su propia cara…

Es notable que ahí donde todo cristiano incurriría en la censura y en la discusión airada y calenturienta, Dios mostró una actitud que es para la imitación más que para la admiración.
A estas palabras hay que imaginarlas, y escucharlas, no leerlas. Leerlas no basta:

-"Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?"

En el instante de esa eterna mirada ha de haber Amor, un Amor que excede todo entendimiento, un Amor en el cual yo estoy confiado y seguro. Un Amor que me invita a pensar más en Él, y menos en otras cosas relativas o dudosas.
Cito necesariamente otro ejemplo:

Al salir él (Jesús) para seguir su camino, vino uno corriendo, e doblando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Los mandamientos sabes: No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. El entonces, respondiendo, le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.

El amor con el cual Jehová miró a Gedeón está implícito, porque Dios es Amor.

El fuerte dolor de Gedeón, contenido y manejado con Gracia, parece haberse aliviado y después de esto parece mejor predispuesto a escuchar a su misterioso amigo. Aunque aún tiene preocupaciones, pero con sus preocupaciones no desea zaherir:

-"Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre.

Dios replica de buena gana, y con una compasión que se carga al hombro el desánimo más grande:
-"Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre."

Después de esto Gedeón ya no lucha.
Cuando Gedeón finalmente advierte que está cara a cara con Dios, teme morir, pero no por causa de toda su irreverencia, o por causa de aquello que había dicho, sino solo por el hecho de estar enfrente de Dios...

Dios se limita a decirle: "Paz a ti, no tengas temor, no morirás."
(Esto para nosotros es obvio, que el ser Divino abriga buenas intenciones.)

En aquel lugar Gedeón terminó de luchar contra Dios. En aquel mismo lugar en el cual Gedeón no tenía paz edificó un altar a Jehová y lo llamó "Jehová-salóm" ("Jehová es mi paz").
De ahí en adelante están todas las otras luchas superadas.

No puede existir una lucha más ardua, más difícil, y más encarnizada que la que el alma dolorida del hombre es capaz de librar contra Dios. Si en la lucha contra Dios, nuestra decepción es derrotada por el Amor de Cristo, no puede haber en el futuro una lucha que no podamos superar.
Así Jacob se permuta en Israel.